Me quería esconder en un rincón, daba lo mismo donde estuviera ese lugar en el cual deseaba ocultarme... El asunto era encontrarlo... Y lo hice.
Siempre fui asidua del escondite… Era la última en ser encontrada cuando jugaba a eso de niña… Me he escondido muchas veces, en muchas historias, en muchos brazos y, pocas veces, en medio de algunas sábanas… Me gustaba… Porque esconderse implicaba el escape de algún tipo de riesgo y a ese le prodigué mi amor incondicional desde que decidí vivir sin ningún tipo de atadura mi juventud. Desde los 18 a los 27 estuve enamorada del riesgo y lo que este implicara.
Los deseos de esconderse aparecen de la nada… Son instintivos… Tú no los buscas… Ellos te encuentran y dirigen tu mirada hacia el sitio exacto en donde tus deseos y tu cuerpo serán bien recibidos.
Extraño la época en que no me importaba nada y hacía lo que quería… Me gustaba el escenario en que el instinto de buscar y esconderme de algún riesgo me buscaba y me encontraba… Concepción… Esa ciudad me hizo explorar y darme cuenta de cuáles son mis límites en esto de no tener amarras, porque fueron los dos años más intensos de mi vida… Noté que mis límites son mínimos… Pero existen…
Estaba sola, sin rendirle cuentas a nadie… Mi mente y mi cuerpo hacían lo que mis instintos dictaban. Desde entonces me dejo llevar por ellos cada vez que quiero, cuando no… Los controlo y los duermo…
Casi en la treintena soy distinta y nadie aboga por ser igual toda la vida. La mente evoluciona y las miradas también. A pesar de que admito desear regresar a cierta edad de inocencia, que me evite ver el mundo como lo veo ahora, acepto esto porque natura lo dispuso así y contra natura no se pelea.
Ayer quise esconderme, pero no por algún instinto o riesgo que me excite o entusiasme. Lo malo de esta vida que llevo ahora es que el escondite se traduce también a la nulidad mental que tengo… A que hay días buenos y días malos… A que los medicamentos me aburren… A que me dedico más de lo necesario a estar bien, pero termino estando mal igual porque el cerebro ya lo tengo chamuscado con tanta diatriba a mi vida, a mi cuerpo y a quienes quieren ayudarme amorosamente, aunque crea que lo hacen por lástima.
Yo no era así…
¿Qué mierda me pasó?
Me gustaba la que era cuando viví en Conce o la que llegué a ser hace dos años. Era tan distinta y era mucho más libre de lo que soy ahora, porque me veo libre pero en el fondo estoy tan presa como cualquiera.
Ayer salí de casa sin decir nada, estaba triste sin ganas de mirar a nadie a la cara... Cuando me pongo así me voy y recorro lugares. Fui a
“la casa del elefantito feliz”, luego caminé por la plaza, cargué el celular y respiraba hondo, hondo para que esa tristeza molesta y sin fundamentos se me agotara… Camino a la farmacia llamé a la única persona de la cual no me escondería en un momento como este, pero
“Alguien” debió cortar por tener una llamada en otra línea… tras eso fui a Byblos y me senté en esa especie de poltrona burdeo a leer la Antología de Alejandra Pizarnik que nunca han vendido... Espero comprarla yo cuando tenga dinero...
Terminé en el cine viendo una película que, presentía, sería pésima… Y lo fue… No me gustó, pero la vi hasta el final.
Antes de que comenzara la proyección de la historia, que se desarrolla entera en un supermercado,
“Alguien” volvió a llamar y se reía al ver que no era el único pronombre en este blog... Pues a él, que es uno indefinido (
Alguien), se une uno demostrativo (
Aquel)…
Me hizo dar cuenta de que no soy la única profanadora de cunas, aunque fuera involuntaria, que existe en el mundo…
Y también me acordé del por qué no quise seguir el asunto con ese sub - 25... Pero claro que eso no se lo dije…
Diciendo las cosas que siento no me va muy bien.
Ayer me escondí en la calle y sólo una persona supo donde estaba, porque yo quise dejarme ver ante él… Aunque no estuviéramos uno frente al otro.
Sé que si escarbo un poco podré encontrar aunque sea un ápice de lo que era antes de este terremoto que me dejó tirada en forma de escombros por todos lados…
Alma sigue siendo apasionada. Sigue cultivando su instinto, su intensidad a la hora de dejarse dominar por ellos. Alma siente que ya no es la misma, pero a pesar de todo el fuego en su pecho no se extingue. Alma siente que es vulnerable y siempre lo supo, pero se negaba a aceptarlo… De haberlo hecho jamás hubiera vivido todo lo que vivió en esa ciudad sureña durante dos años y nunca hubiera conocido lo exquisito que es buscar el riesgo y esconderse de él.